Relato y miseria

Existe un abismo infranqueable entre el relato superficial financiado con fondos del Estado y los verdaderos problemas que ahogan a la gente común. Mientras despilfarran fortunas en ejércitos de asesores, consultorías de marketing y pauta digital para construir una narrativa edulcorada, la distancia con la realidad económica se convierte en una ofensa cotidiana: funcionarios millonarios diseñando realidades paralelas frente a una ciudadanía cada vez más pobre.

El monólogo de los privilegiados

La desconexión no es un error de cálculo, sino el resultado de pertenecer a una casta blindada por sus propios ingresos. Los políticos que gobiernan desde las alturas del poder ya no escuchan porque no pisan el barro de la calle; viven rodeados de privilegios, sueldos de elite y prebendas que les impiden dimensionar el sufrimiento diario de una familia que no llega a fin de mes.

Cuando intentan hablarle al pueblo, lo hacen a través de filtros corporativos y pantallas tácticas. Incapaces de sostener una conversación real —franca, horizontal y descarnada—, recurren a eslóganes ensayados y puestas en escena marketineras que suenan a burla frente a la urgencia social. La conversación pública se vacía de contenido porque se diseña desde la comodidad de oficinas con aire acondicionado, lejos de los tarifazos, la desocupación y el deterioro salarial.

La brecha entre el relato y la calle

Mientras el relato oficial insiste en discursos triunfalistas o en batallas culturales abstractas, la brecha material se profundiza:

  • La distancia de clase: Quienes deciden sobre el destino de los recursos públicos acumulan patrimonios inexplicables y estabilidad garantizada, mientras la gran mayoría sufre el ajuste, la precarización laboral y la pérdida absoluta del poder adquisitivo.

  • La falacia del «diálogo con la gente»: Las redes sociales y los canales de comunicación de los gobiernos funcionan como monólogos unidireccionales. No hay escucha activa ni apertura a la crítica; solo censura, bloqueo o propaganda financiada para aplaudir al gobernante de turno.

  • El costo del cinismo: Sostener esta ficción cuesta miles de millones de pesos en contratos a amigos del poder, transformando el Estado en un aguantadero de obsecuentes mientras los hospitales públicos se desfinancian, las escuelas carecen de infraestructura y las barriadas populares hunden sus condiciones de vida.

La verdadera política no es la que se maquilla para la pantalla ni la que se redacta en un informe de consultora extranjera. Es la que surge de mirar a los ojos al ciudadano sin intermediarios ni privilegios. Hasta que la dirigencia no entienda que el hambre y la desesperación social no se tapan con pauta publicitaria ni con relatos de cartón, la brecha entre los millonarios del poder y el pueblo empobrecido seguirá siendo el único saldo real de su gestión.

Redacción: www.Matizando.com.ar

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