Cuando la Autoridad se Convierte en Soberbia

El costo de la autocracia dentro de los equipos

Tener un cargo no convierte a nadie en dueño de las personas. La verdadera conducción se pone a prueba cuando existen diferencias, cuando aparecen otros talentos y cuando el poder debe convivir con la capacidad de escuchar.

Hay una diferencia sustancial entre ejercer autoridad y ejercer poder sobre los demás.

La autoridad debería estar vinculada con la responsabilidad, la capacidad de conducir y la obligación de tomar decisiones. El poder, cuando se ejerce sin límites y sin escucha, puede convertirse en una herramienta de sometimiento.

Y esa diferencia suele hacerse visible dentro de los equipos de trabajo, especialmente cuando un funcionario comienza a confundir el cargo que ocupa con un supuesto derecho a disponer de las personas que están por debajo de su estructura jerárquica.

La soberbia aparece entonces de manera silenciosa.

Puede manifestarse en una orden que no admite discusión, en una mirada que descalifica, en la imposibilidad de aceptar una opinión diferente o en la necesidad permanente de demostrar quién tiene la última palabra.

El problema no está en que un responsable tome decisiones.

El problema comienza cuando necesita demostrar permanentemente que es el responsable.

El cargo no otorga superioridad humana

Un funcionario puede tener mayor responsabilidad administrativa que un empleado. Puede tomar decisiones que otros no pueden tomar. Puede definir prioridades, distribuir tareas y establecer objetivos.

Pero ninguna de esas atribuciones lo convierte en una persona superior.

La función es jerárquica. La dignidad es horizontal.

Quien conduce un equipo debería comprender que detrás de cada puesto existen personas con conocimientos, experiencias, capacidades y también aspiraciones.

Cuando el funcionario interpreta el talento de otro como una amenaza, aparece una de las formas más perjudiciales de la competencia interna: aquella que no busca mejorar el resultado colectivo, sino impedir que otro integrante del equipo se destaque.

Y allí la organización empieza a perder.

Cuando competir deja de ser saludable

La competencia no necesariamente es negativa.

Un equipo puede tener personas que quieran crecer, asumir mayores responsabilidades o demostrar sus capacidades. Incluso puede existir una sana competencia profesional que estimule la creatividad y mejore los resultados.

El problema aparece cuando la competencia deja de ser por el objetivo y comienza a ser por el reconocimiento.

Entonces pueden aparecer conductas como apropiarse de ideas ajenas, minimizar el trabajo de un compañero, retener información, bloquear iniciativas o intentar demostrar que determinada tarea solamente puede hacerse correctamente bajo la propia conducción.

En esos casos, el funcionario deja de competir con el problema y comienza a competir con las personas.

Y cuando quien tiene mayor jerarquía participa de esa competencia, la situación se vuelve todavía más compleja porque no todos parten desde el mismo lugar.

La autocracia también puede esconder inseguridad

El liderazgo autocrático suele apoyarse en una concentración de las decisiones.

“Se hace así porque lo digo yo.”

Es una frase que puede resolver rápidamente una situación puntual, pero difícilmente construya compromiso a largo plazo.

Un conductor que necesita controlar cada movimiento de su equipo puede terminar rodeándose de personas que simplemente obedecen.

Y allí aparece una paradoja:

cuanto más intenta controlar al equipo, menos capacidad tiene el equipo para desarrollarse.

Un verdadero liderazgo no debería tener miedo de que aparezcan nuevas capacidades.

Por el contrario, debería procurar que esas capacidades crezcan.

Un funcionario que necesita que todos dependan de él puede construir obediencia. Pero un funcionario que logra que otros puedan desarrollarse construye liderazgo.

¿Qué sucede cuando los roles se convierten en territorio?

Otro problema frecuente aparece cuando los roles asignados dentro de una estructura se transforman en pequeñas parcelas de poder.

“Esto es mío.”

“Esto lo manejo yo.”

“Con ese tema no te metas.”

“Eso corresponde a mi área.”

La división de responsabilidades es necesaria en cualquier organización.

Pero una cosa es delimitar responsabilidades y otra muy diferente es utilizar esas responsabilidades para construir territorios personales.

Cuando cada integrante comienza a defender su espacio como si fuera una propiedad privada, la organización pierde capacidad de colaboración.

Y si además existe una competencia permanente entre funcionarios o empleados por demostrar quién tiene mayor protagonismo, el objetivo institucional puede terminar relegado.

El verdadero liderazgo no necesita humillar

Hay una pregunta que todo funcionario debería hacerse:

¿Las personas que trabajan conmigo tienen miedo de equivocarse o tienen confianza para proponer?

La respuesta puede revelar mucho más sobre el estilo de conducción que cualquier discurso.

Un equipo donde nadie contradice al jefe no necesariamente es un equipo eficiente.

Puede ser simplemente un equipo que aprendió que hablar tiene consecuencias.

El silencio tampoco siempre significa acuerdo.

A veces significa cansancio.

A veces significa resignación.

Y otras veces significa que las personas dejaron de sentirse escuchadas.

Conducir también significa hacer crecer a otros

Un buen liderazgo no se mide solamente por la cantidad de decisiones que toma quien ocupa un cargo.

También puede observarse en la cantidad de personas que logra hacer crecer.

El funcionario que concentra todo puede convertirse en imprescindible.

El funcionario que forma, delega y desarrolla capacidades consigue algo mucho más importante: construye una organización que puede funcionar incluso cuando él no está.

Esa debería ser una de las grandes diferencias entre administrar un cargo y ejercer un liderazgo.

Porque el cargo tiene una duración determinada.

El impacto de una conducción, en cambio, puede permanecer durante mucho tiempo.

La pregunta incómoda

Quizás la discusión no debería ser quién manda más.

Tampoco quién tiene mayor protagonismo.

Mucho menos quién logra imponerse sobre otro.

La pregunta debería ser otra:

¿Qué estamos construyendo entre todos?

Cuando el ego ocupa el lugar del propósito, los equipos se fragmentan.

Cuando la soberbia reemplaza a la escucha, las personas dejan de aportar.

Cuando la competencia interna reemplaza a la cooperación, la organización comienza a gastar energía en disputas que nada tienen que ver con su verdadera misión.

Y cuando la autoridad se transforma en autocracia, el resultado puede ser un equipo obediente, pero no necesariamente comprometido.

Porque liderar no significa conseguir que los demás hagan lo que uno quiere.

Liderar significa lograr que personas diferentes puedan trabajar juntas detrás de un propósito común.

Y quizás allí esté la verdadera prueba para cualquier funcionario: no demostrar cuánto poder tiene sobre los demás, sino cuánto puede hacer para que quienes trabajan a su lado sean mejores, más autónomos y más capaces.

Porque al final, un cargo puede otorgar autoridad formal; el respeto, en cambio, se construye todos los días.

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