Turismo: Informe CAME – el consumo expone el impacto de la economía nacional –
La Rioja volvió a mostrar capacidad para sostener su actividad turística durante el último fin de semana largo, aunque detrás del dato de ocupación aparece una discusión que excede al sector y alcanza directamente a las economías regionales.
De acuerdo con los datos extraoficiales, la provincia se ve afectada como todas las provincias del norte argentino y el sector privado reclama medidas urgentes para sostener la oferta y ven que los oidos nacionales estan tapados.
Un dato qeu surge del comparativo interanual – provincial – incorpora además un elemento favorable: la ocupación fue 8% superior a la registrada durante el mismo período del año pasado.
Hasta allí, las cifras permiten hablar de una actividad turística que resiste.
Pero cuando se incorpora el escenario nacional, la fotografía cambia.
Más turistas, menos consumo
El relevamiento de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) muestra que durante el fin de semana largo por el Paso a la Inmortalidad del General José de San Martín se movilizaron 1.074.171 turistas por el país.
La cifra representa un incremento del 24,2% frente al fin de semana largo comparable de 2023.
Sin embargo, el movimiento turístico no tuvo el mismo comportamiento en términos económicos: el impacto directo alcanzó los $245.907 millones, mientras que el gasto total cayó 6,3% en términos reales respecto de aquella referencia.
El dato más contundente aparece en el gasto individual.
El turista gastó en promedio $114.464 por día, pero ese valor significó una caída real del 13,2% frente a 2023, según el relevamiento difundido a partir de los datos de CAME. A esto se sumó una reducción de la estadía promedio, que se ubicó en torno a los dos días.
Es decir: hay más argentinos viajando, pero con menos capacidad de consumo.
Y esa diferencia resulta central para provincias como La Rioja.
El problema no termina en la ocupación hotelera
Un turista que llega a La Rioja no representa solamente una cama ocupada.
Representa combustible, gastronomía, excursiones, artesanías, entradas a parques y atractivos, transporte, comercio, bodegas, agencias de viajes y servicios.
Por eso, medir exclusivamente la ocupación hotelera puede generar una lectura incompleta.
Una habitación ocupada significa actividad para el alojamiento. Pero si ese visitante reduce la cantidad de noches, consume menos en restaurantes, evita excursiones o limita sus compras, el derrame económico sobre la cadena turística también se reduce.
Ese fenómeno es justamente el que aparece reflejado en el informe nacional.
La paradoja es evidente: el turismo puede crecer en cantidad y, al mismo tiempo, perder fuerza económica en términos reales.
La comparación regional
El comportamiento de La Rioja debe observarse además dentro de un NOA que compite por el mismo turista.
Catamarca viene desarrollando una estrategia de posicionamiento basada en sus destinos naturales, eventos y promoción territorial. Salta, por su parte, sostiene una política turística de fuerte promoción, conectividad y generación de eventos.
La experiencia salteña resulta particularmente significativa porque la propia provincia reconoce que el contexto macroeconómico, la retracción del consumo y la apreciación del peso constituyen factores que afectan la demanda interna, aunque destaca que logró sostener niveles de actividad.
En otros períodos de 2026, Salta mostró indicadores particularmente elevados: durante Semana Santa recibió 49.536 turistas y alcanzó una tasa neta de ocupación del 80,1%, con un impacto económico superior a $18.937 millones.
La comparación no debería convertirse en una competencia estadística entre provincias.
Debería servir para formular una pregunta política:
¿Qué están haciendo las distintas jurisdicciones para sostener el turismo frente a un escenario nacional de menor consumo?
Cuando la macroeconomía llega al hotel
El debate de fondo aparece aquí.
Las políticas económicas nacionales no impactan únicamente en las grandes variables macroeconómicas. También llegan al mostrador del hotel, al restaurante, a la agencia de viajes y al comercio de una localidad turística.
Cuando el ingreso disponible de las familias pierde capacidad de compra, el comportamiento cambia.
Se viaja menos días.
Se buscan promociones.
Se eligen destinos más cercanos.
Se reducen excursiones.
Se consume menos gastronomía.
Se postergan compras.
Y se priorizan aquellos gastos considerados indispensables.
El informe de CAME ofrece una evidencia concreta de esa transformación del comportamiento: más movimiento turístico, pero menor gasto real y estadías más cortas.
Esto no permite atribuir mecánicamente cada punto de caída del consumo a una determinada medida del Gobierno nacional. La actividad turística depende también de inflación, salarios, precios relativos, conectividad, promociones, clima, calendario, eventos y decisiones de los propios consumidores.
Pero sí permite sostener una discusión política legítima:
las condiciones macroeconómicas nacionales condicionan la capacidad de consumo de quienes sostienen el turismo interno.
La Rioja: una oportunidad y una advertencia
En este escenario, el porcentaje de ocupación hotelera registrado por La Rioja tiene una doble lectura.
La primera es positiva.
La provincia mantiene movimiento turístico, presenta una mejora interanual del 8% y continúa diversificando su oferta con naturaleza, aventura, patrimonio, gastronomía y enoturismo.
Villa Unión, Sanagasta, Chilecito, Capital, Arauco, Olta y Chamical muestran que el turismo no se concentra exclusivamente en un único destino.
La segunda lectura es más preocupante.
Si el turista nacional llega con un presupuesto más restringido, el crecimiento de visitantes no garantiza por sí mismo un crecimiento equivalente de la economía turística.
Ahí aparece el verdadero desafío.
No alcanza con llenar hoteles.
Hay que lograr que el visitante permanezca más tiempo, consuma servicios, recorra otros departamentos y genere ingresos para la mayor cantidad posible de actores de la economía local.
El turismo como política de desarrollo
La discusión, entonces, debería superar la lógica de contar turistas.
La Rioja necesita preguntarse cuánto empleo genera cada visitante, cuánto consume, cuánto tiempo permanece y cuánto de ese dinero queda efectivamente en la provincia.
Eso exige una política turística que combine promoción, conectividad, infraestructura, eventos, capacitación, articulación público-privada y herramientas que permitan mejorar la competitividad de los prestadores.
Pero también exige discutir el escenario nacional.
Porque una economía regional puede hacer un enorme esfuerzo para promocionar sus destinos, organizar eventos y mejorar sus servicios, pero si las familias argentinas tienen cada vez menos capacidad de consumo, el techo de crecimiento también estará condicionado por esa realidad.
El último fin de semana largo deja, por lo tanto, una fotografía con dos caras.
La Rioja resiste.
Crece respecto del año pasado y sostiene una ocupación del 50%.
Pero el país muestra una contradicción que no debería pasar inadvertida: 24,2% más de turistas que en el período comparable de 2023, pero 6,3% menos de gasto real y una caída del 13,2% en el gasto diario por visitante.
El dato obliga a mirar más allá de las estadísticas de ocupación.
Porque para las economías regionales, no alcanza con que la gente viaje: necesita tener capacidad para consumir cuando llega.
Y allí es donde las políticas nacionales dejan de ser una discusión abstracta sobre macroeconomía y pasan a tener un impacto concreto en cada hotel, restaurante, comercio, excursión y emprendimiento turístico de La Rioja.
El desafío para la provincia será transformar la resistencia del turismo en desarrollo económico. Y para la Nación, generar las condiciones para que viajar dentro de la Argentina vuelva a ser no solamente posible, sino también una actividad capaz de movilizar el consumo interno y fortalecer las economías regionales.
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