¿Quién pierde más ante la crisis de credibilidad informativa?

El ecosistema de los medios de comunicación de masas atraviesa una transformación estructural irreversible. La consolidación de las redes sociales como los principales canales de distribución de información no solo ha modificado los hábitos de consumo de las audiencias, sino que ha reformulado de manera sustancial las bases mismas del oficio periodístico.

En la actualidad, las estructuras tradicionales —la televisión abierta y por cable, las frecuencias de radio AM y FM, y los diarios en soporte papel— asisten a una notable reducción de su histórico protagonismo. Lejos de dictar la agenda de manera unilateral, estos medios se encuentran ante la necesidad de reconfigurar sus formatos hacia plataformas de streaming como YouTube o de fragmentar sus contenidos en breves extractos diseñados específicamente para capturar la atención en Instagram, X (antes Twitter) y TikTok. Este fenómeno de «recorte» evidencia una alarmante dependencia del algoritmo digital para sostener la masividad.

En paralelo a esta migración tecnológica, emerge un nuevo perfil de emisor dentro del espacio público: el comunicador de plataformas. Este actor, cuya legitimidad no se sustenta en la rigurosidad ni en los criterios profesionales del periodismo, basa su influencia estrictamente en el volumen de su comunidad de seguidores.

La ausencia de procesos técnicos esenciales, tales como la preproducción, la verificación de fuentes y el análisis crítico de la información, se traduce con frecuencia en propuestas que aportan escaso valor conceptual al debate colectivo. Al amparo de la frivolidad y con el rédito económico inmediato como principal vector de gestión, este fenómeno deteriora de forma progresiva la credibilidad del ejercicio informativo tradicional, desdibujando la frontera entre la información de interés público y el mero espectáculo mediático.

La transición plantea un interrogante ético y profesional de fondo: ante un escenario saturado de impactos visuales pero carente de profundidad conceptual, resta determinar si el perjuicio principal lo sufren los medios tradicionales en su carrera por la subsistencia, o la sociedad en su derecho a recibir una comunicación rigurosa, clara y de calidad.

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