Parque Acuático – Sin Pena Ni Gloria

Cuando las fiestas sostienen lo que la planificación no garantiza

El cierre de la temporada turística en La Rioja deja una reflexión inevitable sobre el rumbo de las políticas públicas en materia de turismo. La inversión millonaria realizada en el Parque Acuático fue presentada en su momento como un proyecto estratégico capaz de transformar la oferta turística de la provincia. Sin embargo, el propio balance oficial deja entrever una realidad distinta.

Más de 20 mil visitantes durante la temporada pueden parecer un número alentador a simple vista. Pero cuando se analizan los dichos del propio ministro de Turismo, surge un dato que no pasa desapercibido: fueron las fiestas populares las que permitieron a muchos hoteleros pagar sus deudas.

Esta afirmación revela una paradoja difícil de ignorar. La obra que demandó una fuerte inversión estatal no aparece como el verdadero motor económico del turismo provincial. En cambio, lo que sostuvo la actividad fueron celebraciones tradicionales que forman parte de la identidad cultural de los pueblos y que, desde hace décadas, convocan visitantes sin necesidad de megaproyectos.

Esto no significa negar el valor recreativo del parque ni su aporte como espacio de esparcimiento. Pero sí obliga a plantear una pregunta fundamental: ¿la inversión pública respondió a una planificación estratégica del turismo o a una lógica de obra visible sin un estudio profundo de impacto?

El turismo es una actividad compleja que no se sostiene únicamente con infraestructura. Requiere planificación, articulación con el sector privado, desarrollo territorial y, sobre todo, una comprensión clara de qué es lo que realmente atrae a los visitantes.

En La Rioja, la respuesta parece estar más cerca de la cultura popular que de las grandes estructuras. Las fiestas, la identidad de los pueblos y la tradición siguen siendo el verdadero imán turístico.

Cuando los propios funcionarios reconocen que fueron esos eventos los que sostuvieron al sector, queda en evidencia que la fortaleza del turismo riojano no depende tanto de una obra puntual, sino de una riqueza cultural que ya existía mucho antes de que se anunciara cualquier proyecto millonario.

La lección es clara: invertir no siempre es sinónimo de planificar. Y cuando la economía del turismo termina dependiendo de lo que siempre funcionó —las fiestas populares—, tal vez sea momento de revisar si la visión del proyecto estuvo realmente a la altura de la inversión realizada.

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